Cuerpos vaciados (episodio #6)

—Ya no hay agua en el sótano —dijo el hombre joven parado al pie de la cama—, los bomberos trabajaron toda la noche.

El viejo no parecía escucharlo. Levantaba apenas la cabeza de la almohada para observar la sonda que ingresaba a su brazo izquierdo. El hombre joven rodeó la cama hasta ponerse a su lado.

—No lo encontraron —dijo—, cuando los bomberos terminaron de sacar el agua no había nada.

El viejo seguía sin mirarlo, acababa de descubrir que una correa sujetaba su brazo derecho a la baranda de acero cromado.

—¿Por qué me tienen acá? —preguntó— ¿Por qué estoy atado?

—No se queje, lo están hidratando.

El viejo intentó levantarse pero no pudo.

—No necesito nada de esto —protestó—, quiero irme.

El hombre joven se inclinó sobre él.

—Nadie vio que el inspector saliera del sótano…

El viejo permaneció callado. El hombre joven insistió:

—¿Cómo es posible? ¿Por qué no apareció el cuerpo?

El viejo lo miró a los ojos por primera vez.

—Nunca aparecen —dijo—, nunca hay cadáveres.

El hombre joven hizo un gesto de disgusto, pareció una advertencia.

—¿Por qué estoy atado? —insistió el viejo.

—Sé que intentó a advertirle que no entrara, uno de los policías lo escuchó.

—Leen nuestros miedos —dijo el viejo—, eso los atrae.

El hombre joven perdió la paciencia:

—¿Leen? ¿Quienes? ¿De qué miedos habla?     

—Nuestros miedos más profundos… Nos hacen vulnerables, son la puerta por la que entran.

El hombre joven hizo un gesto mínimo, acababa de recordar algo.

—Vaciarnos —dijo—, eso fue lo que el policía le escuchó decir. ¿Qué significa?

El viejo desvió la mirada. Habló despacio, otra vez con los ojos fijos sobre la sonda que se perdía dentro de su brazo.

—Cuerpos comidos desde adentro, disueltos centímetro a centímetro. Del resto se ocuparon los bomberos.

Foto: Nicolás Mourier

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