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Cuentos breves, apuntes al paso, reflexiones mínimas.

Aniversario

No sé de otro pueblo que haya desaparecido de un día para el otro, menos aún en el aniversario de su fundación. Tal vez exista, no digo que no, en una de esas lo conocen todos menos yo. ¿Acaso no dicen que soy un tonto? El tonto de un pueblo que ya no existe.

Si vuelvo a contar lo ocurrido aquella noche es porque estas personas tan amables insisten en que lo haga, solo espero que esta vez sea la última, estoy cansado. Ellos siguen mi relato con una expectativa que me conmueve. Tal vez esperen que incorpore cierta perspectiva mágica, o un dato revelador, que cambie circunstancias o detalles que los sorprenda. Veo sus caras y siento que los defraudo, tengo veinte años pero no sé mentir. Lo cierto es que todo ocurrió así como lo cuento, puedo recordar cada detalle.

En el pueblo, los preparativos de la gran fiesta comenzaban cinco semanas antes. Nada quedaba librado a la improvisación; al fin de cuentas, cada aniversario era la gran oportunidad para fingir que estábamos vivos. Íbamos a reír, comer, bailar; simularíamos alegría, mentiríamos orgullo, actuaríamos esperanza. Poco importaba que fuéramos tan pocos según el último censo, la mitad que diez años antes y la mitad de la mitad que hace veinte. Así de previsible era nuestra decadencia. Emborracharnos, cargosear a las muchachas, hacer apuestas y bromas pesadas era de lo poco que lograba distraernos del aburrimiento. Era conformarse con eso o huir para siempre.

La prenda por haber perdido la apuesta me pareció desmedida, puro ensañamiento; sobre todo porque ellos, los de siempre, la habían elegido después de saber que el perdedor había sido yo. No dije nada, estaba acostumbrado a que las cosas fueran así. Lo que lamentaba era que iba a perderme buena parte de la fiesta, los fuegos artificiales, las mejores porciones de lechón, tal vez hasta fuera el único infeliz que no lograría emborracharse. Aun así, estaba dispuesto a cumplir sin protestar. No tenía miedo, me sentía capaz de hacerlo, tal vez así empezarían a respetarme.

Crucé el portal del cementerio a medianoche, en el instante inicial del nuevo día, justo cuando el cielo se iluminaba con los primeros fuegos artificiales. Antes de que terminara la fiesta debía encontrar la tumba de algún pobre diablo fallecido hacía exactamente un año, o dos, o cien. Solo importaba que hubiera muerto en el aniversario del pueblo. Como prueba de haber cumplido la prenda, debía fotografiar la lápida o la cruz del difunto: “Y no te hagás el vivo, tonto: que la fecha se vea bien nítida”.

Caminé apurado entre tumbas por más de una hora, tal vez el doble, sin hallar lo que buscaba. De verdad no sentía miedo, solo excitación ante el desafío, la respiración agitada. Debía apurarme, entendí que debía ser metódico, limitarme a hacer foco en las fechas. No me detendría en los nombres, mucho menos en las fotos, grabados o dedicatorias, no podía permitir que la emoción o el morbo me demoraran.

Los nervios me jugaban en contra: estaba exhausto. Las fechas se me volvían indescifrables, los ojos lastimados por el esfuerzo, las piernas y los brazos agarrotados, las yemas de los dedos sangrando de tanto rozar la piedra áspera. Empezaba a sospechar que todos sabían que esa puta tumba no existía, pero no podía volver sin encontrarla, no habría festejo para mí sin ese muerto. Seguí buscando: desanduve una y otra vez cada sendero, corredor, lápida, nicho, bóveda. Pisoteé las mismas flores marchitas, tropecé con idénticos mármoles, olí sin alivio la humedad penetrante. Solo para comprobar que no había nadie fallecido en esa fecha.

Salí del cementerio tan rápido como pude, lo único que quería era volver a la fiesta y disfrutarla como ellos. Dejé atrás las hileras de acacias que me separaban del camino de tierra, del descampado y del balneario junto al río, donde cada año se realizaban los festejos. Sentí alivio al escuchar que la música seguía sonando, divisé a lo lejos el giro de la calesita iluminada, reconocí las guirnaldas de lámparas de colores, las mismas que vestían la kermés del colegio y la plaza en Navidad. Apuré el paso, después un poco más, finalmente corrí tanto como pude, hasta tropezar con el primer cuerpo. Perdí el equilibrio y rodé. Antes de incorporarme pude ver la cara de la hermanita de Luis con sus ojos muy abiertos al cielo estrellado. Algunos metros más allá estaba su madre, todavía sentada en la silla, la porción de torta volcada sobre la falda y el plato de loza blanca a sus pies. Alfio, el panadero, yacía de espaldas con los brazos en cruz, había perdido un zapato. Matilde y Estela estaban entrelazadas como si quisieran seguir bailando, con impecables vestidos de encaje y puntillas, que ahora resaltaban la intensidad del rojo. Mabel, Atilio, Juvencio, el bueno de Chichilo y la directora de la escuela, el bufetero del club, las primas del Turco. No faltaba nadie, es lo que se espera de una fiesta de pueblo.

Anduve a la deriva sin entender, atrapado en ese laberinto de cuerpos derrumbados en plena celebración. Me detuve en unos y otros, no me resignaba a que la fiesta hubiera terminado. Por fin, caminé hacia la ruta sin mirar atrás, sin siquiera sospechar el arma, todavía caliente y en mis manos.

 

4 Respuestas

  • Adriana
    Ene 4, 2017

    Me encanto !!!! Muy bien ambientado.
    Gracias por regalarme este grato momento de lectura !!!

    Adriana Ene 4, 2017
    Responder
    • Ene 5, 2017

      ¡Qué bueno ese entusiasmo, Adriana! Ya vendrán más. Y tal vez el adelanto de algún capítulo de la novela. “La conspiración de los porteros”, se va a llamar. ¡Feliz año!

      Pablo Mourier Ene 5, 2017
  • Ricardo pacheco
    Ene 5, 2017

    Muy bueno el cuento y el final inesperado.

    Ricardo pacheco Ene 5, 2017
    Responder
    • Ene 5, 2017

      Gracias, Ricardo, me alegro que lo hayas disfrutado. En la sección “Leer cuentos del libro” podés encontrar alguna sorpresa más. Muy buen año!

      Pablo Mourier Ene 5, 2017

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